¿Independencia real o una declaración vacía?
Este 9 de Julio Argentina conmemora el 209 aniversario de la Independencia de la Patria, en un contexto de entrega de los recursos naturales, de apertura de las importaciones en desmedro de la industria nacional y con un fuerte retroceso en políticas públicas.
Fue el 9 de julio de 1816, en un contexto de gran conflictividad política a nivel nacional e internacional, cuando los representantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata proclamaron la Independencia argentina quebrando la subordinación con España y resto del mundo. Así se logró asumir la libertad del conjunto social frente al sojuzgamiento de cualquier dominación extranjera. Desde entonces, a lo largo y ancho del país se conmemora ese momento histórico.
Pero ¿cuál es la realidad actual de Argentina? Tras dieciocho meses de Gobierno de Javier Milei es preciso preguntarse si la conmemoración de la Independencia argentina es real o sólo declamativa. Porque, ¿qué independencia se puede lograr si la conducción nacional entrega la potestad de los recursos naturales a los grandes grupos concentrados de poder, mayormente extranjeros? ¿Si el Plan Económico, y sus implicancias sociales, lo define un organismo internacional? ¿Si quién dirige los destinos del conjunto social declara abiertamente y sin reparos que vienen a ‘destruir el Estado desde adentro’? En efecto, sí se ha deteriorado gravemente el rol del Estado, en parte, por el despido de 47.000 trabajadoras y trabajadores que sostenían derechos fundamentales en materia de salud, educación, seguridad social, preservación del ambiente, por mencionar algunos de ellos. Estatales que quedaron en la calle, sin sustento material, sin proyecto de vida, sin reconocimiento de su trayectoria.
¿Es posible considerar un país como independiente cuando el 73,3% de la población es pobre o ‘casi pobre’, de acuerdo a la organización sin fines de lucro Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG)? ¿De qué independencia se habla cuándo la ciudadanía no logra comprar alimentos, sostener la vivienda, acceder a una educación de calidad o a los servicios de salud más elementales? ¿Cómo identificar una nación libre si el descontento social expresado en protestas y manifestaciones es respondido con gases, palos y balas de goma?
Es por eso que hoy cobra especial relevancia la reflexión colectiva de lo que significa ser independientes como sujetos de derechos, como nación libre y soberana.
Al igual que lo que sucedió durante aquellos años cuando se gestó la Independencia argentina, momento tensionado por fuertes posicionamientos entre conservadores y progresistas, hoy el escenario visibiliza dos posturas definidas: un país al servicio de los grandes grupos económicos o uno que prioriza el desarrollo y bienestar del conjunto social. Uno que gobierna por decreto, mediante la fuerza y los insultos, y otro donde prima el respeto por la diversidad y el derecho constitucional.
La independencia es un proceso en acción permanente, no solo una linda declaración de identidad. Por eso desde ATE se reivindica la necesidad de un Estado fuerte, presente y garante de los derechos de la ciudadanía y del orden social, materializado y sostenido por los miles de trabajadores y trabajadoras presentes en el extenso territorio nacional. También se recuerda el respeto por una forma de gobierno que promueve el bienestar general, a partir del rol clave que cumple el Congreso Nacional como representante de la voz del pueblo.
El poder está en el pueblo organizado, en las y los integrantes de la nación, que amparados en la Constitución Nacional, asumieron la independencia de la Patria de toda forma de dominación extranjera para lograr la defensa y protección de los derechos humanos, de los recursos naturales, de la industria nacional, y todas las garantías e intereses tutelados en la Constitución argentina. Esa senda marca el camino de la verdadera independencia nacional que debería ser el norte al cual caminar como sociedad.