25.07.2013

“No hay una fuerza capaz de doblegar a un pueblo que es consciente de sus derechos”

<p> </p> <p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 12pt; font-family: 'Verdana','sans-serif';">Capital Federal// A las 20.25 de este nuevo 26 de julio recordamos el fallecimiento de Evita. En este 61º aniversario casi todo se ha dicho sobre ella. Lo que no podemos dejar de resaltar, porque la historia oficial lo ha secundarizado, es su rol de dirigente constructor de poder popular.</span></p> <p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 12pt; font-family: 'Verdana','sans-serif';">

Porque Evita tenía abnegación por lo niños, las mujeres y los ancianos. Pero la abnegación tenía que ver con la construcción de una política de Estado, propia, que aportara al modelo de país que entonces enfrentaba los intereses del capital y la oligarquía. El año pasado, durante el acto por el 65º aniversario del cumplimiento del voto femenino, las compañeras de ATE la recordaban también en un doble sentido: el de la identificación con los pobres y en la conquista de derechos para las mujeres. Sobre todo, en el derecho a cumplir un rol de dirección política que institucionalizó a través del Partido Peronista Femenino.

Sobre lo que Evita ha hecho mucho se ha dicho. Así que dejamos que el escritor Eduardo Galeano lo haga mejor por nosotros:

“La odiaban, la odian los bien comidos: por pobre, por mujer, por insolente. Ella los desafía hablando y los ofendía viviendo. Nacida para sirvienta, o a lo sumo para actriz de melodramas baratos. Evita se había salido de su lugar. La querían, la quieren los malqueridos; por su boca ellos decían y maldecían. Además Evita era el hada rubia que abrazaba al leproso y al haraposo y daba paz al desesperado, el incesante manantial que prodigaba empleos y colchones, zapatos y máquinas de coser, dentaduras postizas, ajuares de novia. Los míseros recibían estas caridades desde al lado, no desde arriba, aunque Evita luciera joyas despampanantes y en pleno verano ostentara abrigos de visón. No es que le perdonaran el lujo: se lo celebraban. No se sentía el pueblo humillado sino vengado por sus atavíos de reina. Ante el cuerpo de Evita, rodeado de claveles blancos desfila el pueblo llorando. Día tras día, noche tras noche, la hilera de antorchas: una caravana de dos semanas de largo. Suspiran aliviados los usureros, los mercaderes, los señores de la tierra”.

 

Prensa ATE – 25/07/13

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