ATE lamenta la muerte del Padre Antonio Puigjané
El sacerdote que honró su compromiso con los pobres y luchó por los DD. HH, murió ayer a los 91 años. Dolor por la pérdida de un imprescindible.
En una motiva misa realizada en el día de hoy en la Basílica
de Nueva Pompeya organismos de Derechos Humanos, organizaciones sociales,
militantes políticos y sindicales, cristianos comprometidos con el pueblo, amigos y
familiares despidieron al fraile capuchino que cómo le enseñara el Obispo
Angelelli vivió y practicó su religión
con “un oído en el Evangelio y otro en el pueblo”.
El padre Antonio había nacido en Córdoba en 1928, en el seno
de una familia pobre, y con apenas once años decidió ser religioso. Su primera
experiencia sacerdotal fue en la villa Martillo Chico de Mar del Plata, donde
levantó su capilla, armó cooperativas, biblioteca y farmacia, entre otros
servicios. Pero su trabajo evangélico pronto fue cuestionado por la jerarquía
eclesiástica y lo enviaron a Anillaco en La Rioja.
Allí colaboró con la obra del obispo riojano Enrique
Angelelli quién lo contagió de su compromiso con los pobres y siempre siguió su
ejemplo. Tras su experiencia riojana, se trasladó a Villa Itatí, en Quilmes,
donde renovó su compromiso popular e incorporó la lucha por la Memoria, la
Verdad y la Justicia acercándose a las Madres de Plaza de Mayo y celebrando
misas por los desaparecidos. Fue uno de los primeros hombre que marchó en las
rondas de las Madres con su inconfundible hábito marrón y su larga barba.
En 1981, junto al Premio Nóbel Adolfo Pérez Esquivel y
militantes del Servicio de Paz y Justicia realizó un ayuno de 20 días en
reclamo por los desaparecidos con el apoyo de Monseñor Jorge Novak, obispo de
Quilmes.
A finales de los
ochenta se sumó al Movimiento Todos por la Patria y, tras el Asalto a La
Tablada, fue condenado a 20 años de prisión por el asalto al regimiento de La
Tablada pese a que no entró al cuartel ni sabía de la operación en curso.
Tras más de una
década preso recuperó su libertad en el 2003 al cumplir 70 años por un indulto
presidencial de Eduardo Duhalde y cumplió arresto domiciliario en la parroquia
de los capuchinos en el barrio porteño de Coghlan. Previamente había rechazado
un indulto ofrecido por Menem porque no incluía a sus compañeros.
Sus últimos años los vivió en el convento de Nuestra Señora
del Rosario, en el barrio porteño de Pompeya.
Hoy, sus hermanxs y compañerxs de lucha lo despidieron conmocionados
en la Basílica de Pompeya entonando las estrofas de la canción de León Gieco, La memoria: “Todo está guardado en la
memoria. Sueño de la vida y de la historia”.
ATE se suma al
homenaje y al dolor por la partida de un luchador por los derechos humanos, de
un cura del pueblo, de un hombre de fe y coherencia hasta final.