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Por Julio Fuentes, Presidente de la Confederación
Latinoamericana y del Caribe de Trabajadores Estatales y Secretario de
Relaciones Institucionales de la Central de Trabajadores de la Argentina
Autónoma
Sin lugar a dudas, a 53 años de la fundación de CLATE, el
mérito más importante de los compañeros y compañeras dirigentes que han
conducido las diferentes organizaciones que forman parte nuestra confederación,
ha sido el de mantenernos unidos y lograr cumplir 53 años de una organización
prohibida, que desafió la lógica de la política internacional.
La política internacional que tiene que soportar nuestra
América Latina y Caribe, ha estado reglada por las decisiones prepotentes de
los imperios, no sólo en el proceso histórico de las colonias, sino también a
partir de las independencias se ha generado una fuerte presión sobre nuestros
países.
La aparecida potencia de Estados Unidos con la doctrina
Monroe, desde 1823 hasta el día de hoy, ha puesto en escena esta idea de
América Latina y el Caribe como propiedad de los Estados Unidos, y su política
internacional en ese sentido: el corolario Roosevelt o la ley del garrote, han
sido instrumentos de este país para someter a nuestra región. Luego han ido a
partes más blandas, con esta idea de “panamericanismo” planteando la idea de la
solidaridad y colaboración de los pueblos de América, algo completamente falso
ya que sigue siendo una expresión de la misma doctrina que ve a nuestra región
como su “patio trasero”.
Julio Fuentes en Santiago de Chile este 25 de febrero en el
homenaje a Tucapel Jiménez, líder histórico de la ANEF asesinado
En medio de esa realidad, de un imperio que no nos permite
desarrollarnos y de sus aliados que hacen exactamente lo mismo, el sindicalismo
se vio parado en esa misma lógica. El Panamericanismo plantea que en el modelo
sindical, los espacios de unidad sindical tienen que ser americanos, y cuando
los Latinoamericanos y Caribeños hacemos alguna expresión propia, resurgen los
países de Europa a plantear que no somos americanos sino “latinoamericanos” con
esa visión de lo “iberoamericano” donde las viejas potencias buscan monitorear
y tutorear cualquier modelo de desarrollo autónomo.
En el sindicalismo ha sido difícil constituir una central
que unifique a las y los trabajadores de América Latina y Caribe. Si bien
existió una experiencia durante la década del 50, que fue la de la Agrupación
de Trabajadores Latinoamericanos Sindicalizados (ATLAS), la cual sostuvo sus
actividades hacia la década del 60, el problema de constituir este tipo de
espacios no es un problema geográfico, es un problema de historia, de modelos
económicos y sociales que desde las épocas coloniales nos han impuesto, ese
modelo colonial que nos prohíbe juntarnos a no ser que estemos monitoreados por
las grandes potencias como si no tuviéramos derecho a juntarnos y pensar entre
nosotros mismos.
Esta situación también ocurre a nivel gubernamental: La
CELAC es el primera institución desde la declaración de nuestras independencias
que nuclea a los gobiernos de América Latina y el Caribe que no cuenta con
participación de los Estados Unidos, Canadá u otra potencia.
En este marco, la virtud tremenda de CLATE fue mantenerse
con vida durante estos 53 años, sabiendo que durante ese periodo hubo cientos
de intentos de asimilar a esta CLATE, bajo el título de la unidad del sector,
donde se intentó que nuestra confederación terminará integrada dentro de otras
centrales a nivel América o a escala global. Haber mantenido esto, es haber
mantenido el principio de autonomía de América Latina y el Caribe, lo cual
implica mantener el fuego y la llamara de lo que algún día será la unidad de
toda la clase trabajadora en América Latina y el Caribe.
En estos 53 años, bajo la responsabilidad de la Presidencia
de nuestra CLATE, quiero rendir homenaje a cada uno de los compañeros y
compañeras, desde Luis Iguini, Carlos Custer, Tucapel Jiménez, entre otros que
fueron aquellos quienes dieron el puntapié inicial. A cada uno de los compañeros
y compañeras que han sostenido las banderas de esta institución luchadora, de
cara no solo a los problemas del sector público sino también a nuestros
pueblos, una organización que se reafirma profundamente como antiimperialista,
anticapitalista y que, ha sabido mirarse hacia adentro, de ver los problemas y
definirse hoy como antipatriarcal, ecologista, pluralista y reconociendo las
diversidades que hay dentro de nuestra clase y dentro del sector público.
Larga vida para la CLATE, y que siga manteniendo esa llama
porque llegará el momento en que los trabajadores, no solo del sector público,
tendremos instrumentos que sirvan para apoyar la lucha de la independencia de
nuestros pueblos, convencidos de que no hay liberación social sin liberación
nacional».