21.04.2015

Lloran de pena los chicos del pueblo

Ayer falleció Alberto Morlachetti, fundador de la obra Pelota de Trapo y el Movimiento Nacional Los Chicos del Pueblo, organización adherida a la CTA. El Consejo Directivo Nacional de ATE expresa su inmenso dolor ante la pérdida física del compañero que legó en los pibes utopías libertarias y visibilizó una verdad: “el hambre es un crimen”

Alberto Morlachetti está siendo velado desde las 12 de hoy hasta
mañana a las 10 en la Biblioteca de Pelota de Trapo
-Uruguay 209, Avellaneda-, desde donde será acompañado hasta el cementerio de
Avellaneda. Así lo recuerda hoy la Agencia Pelota de Trapo, en un bellísimo
obituario:

 

Se
fue de puntillas, silencioso en la noche, y levantó vuelo. Estaba harto ya de
su cuerpo colonizado por un monstruo invasivo. Pero antes de irse firmó su
testamento: les dejó a los niños de malabares, a los propietarios de los
arrabales, toda su inmensa fortuna: la semilla de la revolución para parirla
cuando puedan, una utopía donde los niños sean curados con salivilla de
estrellas, como soñaban con Federico, la descomunal ternura con la que
venceremos al  final del día. Y un amanecer que sea para todos.

Alberto Morlachetti nació en el campo cordobés, trabajó con su abuelo anarquista, fue canillita en
Gerli, vivió en un conventillo y la calle era el patio enorme donde los
infiernos y los cielos se escondían en las ochavas. Comenzó a estudiar
Sociología en la UBA luego de una adolescencia de lectura ávida y aleatoria. Y
en las sombras crepuscularias juntó pibes estragados por la historia que
dormían en las periferias de la Facultad de Derecho. Se los llevó con él, los
sembró, les inoculó futuro en su adelante y los hizo descubrir que podía ser
posible amanecer mañana.

En
la prehistoria, había sido el fútbol. Los “sábados de chocolate” reunían chicos
morenos y expulsados de los clubes por color y pobreza. Los picados se armaban
en el terreno engordado por desechos industriales donde Torres Ríos había
filmado “Pelota de Trapo” con un Armando Bo más chiquito aun que los pibes de
Alberto. El les transmitió, infalible, el amor por Racing. Y casi 40 años
después aseguraba que el mismísimo Orestes Corbata, con tres dientes y ojos de
alcohol, se sentaba en el suelo tóxico a mirar al centroforward petiso y de
pelos chuzos que la colocaba, exquisito, en el ángulo izquierdo.

Eran los niños de la intemperie.

“La
pobreza es una imposición: te pone una pistola en la cabeza”, repetía
consciente de que él pudo salir de un laberinto del que sus amigos no pudieron:
“a ellos les saquearon las palabras”.

Se sabía el germen de una amalgama extraordinaria. De su madre,
católica, había escuchado sostenidamente que “cuando algún día la vida te trate
duramente, tomá la mano de un pobre”. De su abuelo Antonio, anarquista, había
aprendido que “los chicos transformaban la naturaleza y las relaciones sociales
al igual que los adultos. Eran forjadores de derechos y de una nueva sociedad”.

Junto
a los niños de los arrabales había ido descifrando que, sueltos de madre, es
necesario domiciliarse en un vínculo amoroso. Y que no hay pedagogía sin
ternura.

A contramano de todos los vientos germinados en el capitalismo, Alberto sostuvo que “el
principal proveedor de humanidad es el trabajo. Si yo no hubiese trabajado, no
me salvaba del barro y la pobreza. El trabajo disciplina muchísimo”. Y reconstruía
desde las nostalgias amasadas durante décadas que hubo un tiempo–antes de que
los estados los transformasen en excedentes demográficos dignos de ser
exterminados- en el que los niños eran aprendices de oficios que los devendrían
esa categoría maravillosamente humana: trabajadores.

Alzó
la Casa de los Niños de Avellaneda y a su ritmo y el de otros hombres y otras
mujeres, la obra se animó a conjugar todos los verbos; Alberto pensó y diseñó
el hogar para adolescentes Juan Salvador Gaviota y la biblioteca Pelota de
Trapo, con la misma impronta del Hogar levantado en la vecindad de la canchita
legendaria: mucha luz y la belleza como insumo básico para el desarrollo de los
niños. Tan básico como el pan y la leche tibia de las mañanas.

Pero a la vez pensó y diseño la imprenta y la panadería. Porque los fantasmas
de carne, hueso, paco y balas 9 milímetros esperaban a los niños en la puerta.
Y si no se los preparaba para atravesar la indolencia  y la impiedad del
mundo, serían como los polluelos de vuelo temprano, derribados por la primera
lluvia. Los inició él mismo en el oficio gráfico. Y fueron tantos los que se
ennegrecieron de tinta y solvente como los que se emblanquecieron de harina y
manteca.

En
el país de los alimentos, donde los ríos son de leche y miel, “un niño 
que muere de hambre muere asesinado”, decía. Y explicaba la esencia de la
sacralidad de la vida: “cada niño es una piecita del gran rompecabezas de la
condición humana. Cada niño que muere deja un espacio ausente. Y nada volverá a
ser igual”.

Tampoco será igual desde ahora el rompecabezas de la condición humana sin Alberto, que allá por los
finales de la década del 80 parió junto a otros quijotes del sur el Movimiento
Nacional Chicos del Pueblo, con el que caminamos geografías infinitas
denunciando que “el hambre es un crimen”.

Alberto
resguardaba dentro de sí la inocencia de ese tiempo primigenio que es la
infancia.  Que, indefectiblemente, es destino. Fue capaz hasta los últimos
de sus suspiros de zambullirse en la risa fresca que una niña de cielos azules
le ofrecía caminando chaplinescamente ante él. Mientras su conciencia seguía
llorando por esta aldea sin memoria “dejada de la mano de los dioses –como
solía decir- en el último suburbio”.

Una aldea en la que crueles cruzados la emprenden contra los niños de los malabares
mientras construyen con una pertinacia de acero “una ausencia irreparable en
las calles para que puedan algunos ´buenos peregrinos´ consumir hasta el
hartazgo en las góndolas irrespetuosas de los supermercados”. Cómo soñar
–decía- que nuestros niños serían residuos descartables a los que eliminar con
alegres gatillos o con ese tiro al blanco en sus nucas que “se mete en el
cuerpo y en el alma de los pibes y los destroza en barrios descartables, donde
los pájaros se pudren en la mitad del vuelo”. Cómo imaginar –repetía una y otra
vez- que la nueva utopía de la humanidad iba a ser este capitalismo feroz que
lo fue hundiendo en el desencanto.

Alberto
Morlachetti, ese hombre justo y sabio, repetía que “no habría renovación humana
si no nacieran chicos. Hay que confiar en que ellos son como heraldos que traen
algo nuevo. Uno podrá pensar que es pensamiento mágico. Y sí, la vida tiene
pensamiento mágico y pensamiento científico. La utopía de construir una
sociedad más justa tiene mucho de pensamiento mágico”.

Las traiciones arteras y las derrotas de los confinados en esa geografía del encierro que él
vislumbró en la exponencial crecida de villas y asentamientos, le fueron
sembrando el desasosiego en la garganta y en el pecho, ese domicilio del dolor.
Aunque siguió creyendo que “nadie está al resguardo de la esperanza humana”,
sentía que la utopía había dado unos cuantos pasos adelante y a él ya le dolía
demasiado la pierna derecha como para  seguirla y alcanzarla.

“No
me dejéis morir sin la esperanza de ser incomprendido”, citaba a Oscar Wilde.
Alberto fue –es- un descomunal incomprendido. En eso  puede estar
tranquilo.

Nosotros, mientras tanto, tendremos que ser dignos para estar a su altura.
Ahora que llueve en tantos ojos. Y la tierra se muere de pena.

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